Dos hombres juegan al ajedrez en un país que no es el suyo. “Mientras me ponía en conflicto con un alfil”, recordará uno de ellos una noche en Bahía Blanca, “Julio me regaló un papelito con un poema sobre el exilio que se llama El árbol, el río y el hombres”. Ese poema, que ejecutado en la guitarra con sus dedos sarmientosos concluyó con un rasguido en tono trágico y menor, anunciaba un silencio de muerte: la reciente de Cortázar y la no muy lejana del propio Atahualpa Yupanqui. “Hoy Julio duerme en París. Con el silencioso orgullo de conocer su melodía me pidió en aquel entonces que lo recitara con la música del Testamento de Amelia, una antigua canción catalana”. Y así lo hizo el maestro de Pergamino que cantó para nosotros aquella noche gélida en el Teatro Municipal de Bahía Blanca los versos: “Al hombre desterrado / no le hables de su casa. // La verdadera patria / caro la está pagando”. Para muchos jóvenes que lo veíamos por primera y última vez fue un cimbronazo: poco antes de qu